Max Weber es, sin lugar a duda, uno de los hombres más importantes y que más ha aportado a la Historia, muchas de sus obras son imprescindibles para entender la sociología y la economía contemporánea; sus estudios e investigaciones no nos dejan indiferentes, es más, mucho han inferido en la lógica contemporánea. Y clara muestra de ello es el libro que comento: La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo. Un libro imprescindible para cualquier estudiante de Ciencia Política o Economía, aunque en ocasiones, erróneamente, se suele tergiversar su objetivo y se asocia, esta obra, a un estudio teológico del protestantismo. Flaco error.

 

No podremos entender la obra si primeramente no analizamos al autor y el contexto en el que se escribió. Max Weber nació en Erfurt (Confederación Germánica) en 1864 y murió en Múnich (República de Weimar) en 1920. A pesar de que es considerado uno de los padres de la sociología él, sin embargo, nunca se catalogó a sí mismo como sociólogo, sino como historiador. Por todas sus obras, podemos considerar que su figura tuvo repercusión en muchos ámbitos de las Ciencias Sociales, como en la Economía, en la Filosofía, en el Derecho, en Ciencia Política y, por supuesto, como comentamos, en la Sociología -siendo uno de los fundadores de la sociología moderna-. Así mismo, debemos considerar a Weber como un gran estudioso y como un hombre cultísimo: se formó en múltiples Universidades -como en la de Heidelberg y Gotinga- donde tomó cursos de Derecho, Economía, Historia, Filosofía y alguno de Teología[1]. Así mismo, se doctoró con una tesis sobre las sociedades mercantiles en las ciudades italianas medievales, lo que le permitió ejercer como profesor.

 

En cuanto al contexto histórico en el que se desarrolló su proceso vital y sus obras -que mucha influencia ocasionó en ellas- es el nacimiento del capitalismo moderno. Tras haber ocurrido la Revolución Industrial y el auge de las Ciencias -y de la “razón”- que ocasionó la Ilustración, el capitalismo está “viento en popa” y poco a poco los empresarios desarrollaban más fábricas permitiendo un crecimiento demográfico sin precedentes -ante la mejora de la calidad de vida- y, consecuentemente, esto llevó a muchos académicos a focalizar sus investigaciones en el auge del “espíritu capitalista”. No debemos obviar, tampoco, que Weber se indexa dentro del marco histórico-cultural de la unificación de Alemania (1871) -de ahí a que en muchas de sus obras se interese y plasme los cambios sociales, económicos y culturales que está sufriendo la Alemania de su tiempo-, así mismo, vivió la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

 

Mientras otros sociólogos e historiadores, como Karl Marx, se interesaron por la lucha de clases que evidenció el desarrollo del capitalismo (burguesía -propietaria de los medios de producción- y proletariado -obreros con conciencia de ser explotados por la burguesía-) y sostuvieron que la estructura -y la base de la sociedad- era la economía, Max Weber, por su parte, sugiere que son los valores religiosos -especialmente los asociados al puritanismo- los que tuvieron una importancia fundamental en el desarrollo y consolidación del capitalismo. Obviamente nunca rechazó los aspectos económicos como factores explicativos del capitalismo, sino que los relegó a un segundo plano.

 

Si hablamos de Weber, no podemos obviar sus estudios sobre la burocracia. Él mismo afirmó que temía que la burocracia aprisionara al ser humano[2], que la racionalización[3]  acabaría por aprisionar al ser humano en una “jaula de acero” de la que apenas tendría posibilidad de escapar. Por todo ello, podemos decir que la Ilustración (y todo lo que conlleva: progreso, felicidad, ciencia, libertad, razón, despoje de la religión…) tenía, así mismo, un lado oculto con peligros.

Además del libro que comento, otras de sus obras destacadas son: El político y el científico, Economía y sociedad, La política como profesión y Conceptos Sociológicos Fundamentales.

 

En cuanto a la estructura de La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo, he de comentar que se divide en dos partes: “El problema” y “La idea de profesión en el protestantismo ascético”, dividiéndose ambas partes, a su vez, en diversos capítulos -que mencionaré a continuación, en el análisis del contenido del libro-.

 

En cuanto a la expresión textual de Weber, he de comentar que, para lo dificultosas y técnicas que son sus obras, este libro se lee con gran facilidad. Quizás la mayor dificultad no radique en la comprensión per sé sino que en la gran cantidad de información cultural y conceptos que expone en esta obra, muchos de ellos desconocidos hasta este momento por mi. Es decir, en muchas ocasiones tuve que informarme (desde Internet y otros libros) de ciertos conocimientos que se incluyen en esta obra, con el objetivo de poder seguirla sin dificultad.

 

El objetivo de este libro no es otro que exponer, a modo de investigación, lo que los datos estadísticos extraídos por un discípulo de Weber demostraron: en un país en donde reside una población protestante y católica, la población protestante ocupa niveles directivos más altos y poseen, asimismo, niveles de riqueza mayores. Para explicar este hecho, cuanto menos curioso y significante, recurre a las raíces del protestantismo y consigue descifrar que en ellas se encuentra un factor ampliamente determinante para el éxito del espíritu capitalista. A lo largo de la obra veremos como el “espíritu capitalista” -que a priori nos puede desconcertar ante la vacuidad de sentido que posee- va adquiriendo el significado de la mentalidad económica basada en la búsqueda del enriquecimiento y, lo que es más importante, este enriquecimiento debe ser visto como un deber que, bajo los preceptos del puritanismo, se le impone al individuo. Así pues, podemos catalogar el “espíritu capitalista”, como le gustaría a Weber, de “tipo ideal”, pues nos permite modelizar y comprender ciertos fenómenos sociales aún siendo éste un concepto meramente abstracto.

 

A continuación, pasaremos al análisis de contenido del libro. Comenzaremos por la primera parte “El Problema”.

 

En el primer capítulo, “Confesión y estructura social”, nos acerca, ya en las primeras páginas, la idea que antes introducíamos: en un país religioso mixto (catolicismo y protestantismo) los protestantes poseen niveles superiores de riqueza y de cualificación. Es más, los países con preponderancia protestante, y en donde se articuló la Reforma, son los más desarrollados económicamente hablando. Citando a un autor moderno, Max Weber nos transmite una idea básica: “al protestante le gusta comer bien, mientras que el católico quiere dormir tranquilo” -pág.75-. Así mismo, asegura Max Weber que debemos desterrar de nuestro pensamiento la idea tan vaga -y muy poco precisa- del “alejamiento del mundo del catolicismo y el (supuesto) goce mundano materialista del protestantismo” -pág.76- son, pues, ideas muy vacuas que contradicen, incluso, los preceptos de ambas religiones. Debemos profundizar más en el estudio de la religión protestante y observar, efectivamente, el porqué de su mayor predisposición al almacenaje de riquezas y éxito empresarial.

 

En este sentido, “sí se puede encontrar una afinidad interna entre el espíritu del protestantismo antiguo y la cultura capitalista moderna, [sin embargo] tenemos que intentar buscarla no en el (supuesto) <goce mundano>, más o menos materialista o antiascético, sino en sus rasgos puramente religiosos” -pág.80-

 

En el segundo capítulo, “El espíritu del capitalismo”, nos acerca la idea de a qué nos referimos con este “tipo ideal”. Nos afirma Weber que la comprensión de este concepto no la debemos encontrar en el inicio de la investigación, sino al final de esta. Sin embargo, desde un primer momento, podemos decir que la idea de “espíritu” con referencia al capitalismo hace, efectivamente, referencia a la idea de que el capital posee un espíritu propio, basado en: “la idea del tiempo como dinero”, en “la idea del crédito como dinero”, en la “idea del dinero como una naturaleza fértil y con capacidad de reproducción” y en la “idea de que un buen pagador es dueño de la bolsa de cualquiera”. A lo largo de toda la obra, introducirá la figura de Benjamin Franklin (padre-fundador de EEUU) como individuo en el que se encarna el espíritu del capitalismo. Una de las reflexiones que, a mi punto de vista, es muy interesante es: “el hombre queda referido a ese ganar dinero como al objetivo de su vida, no es la ganancia la que queda referida al hombre como un medio para la satisfacción de sus necesidades materiales” -pág.88-. He aquí, la esencia del espíritu capitalista. Esta reflexión está plenamente basada en la peculiar idea del “deber del trabajo”, es decir, el individuo siente una obligación hacia “su actividad laboral”. Es más, “el capitalismo actual (…) consigue los sujetos económicos que necesita (…) y los educa mediante <<selección económica>>” -pág.90-. Por otra parte, a diferencia de lo que se cree popularmente, el “espíritu capitalista” no está asociado con la tradicional máxima del “auri sacra fames”, pues no representa, en absoluto, el sistema de valores puritanos en el que se desarrolló el capitalismo -pág.93-. Así mismo, se ha de tener en cuenta la idea de que el hombre no quiere por naturaleza “ganar más y más dinero, sino quiere simplemente vivir, vivir como ha estado acostumbrado a vivir y ganar lo necesario para ello” -pág.94-. Así, cuando el capitalismo comenzó a elevar los salarios para conseguir más productividad, fracasó; por ello se obligó al obrero –y en actualidad sigue ocurriendo- a trabajar más con la amenaza de reducir su salario.

 

Así, pues, debemos tener en cuenta que este “sistema económico capitalista necesita esa entrega absoluta a la <<profesión>> de ganar dinero” -pág.108-.

 

En el tercer capítulo, “El concepto de profesión de Lutero. Objeto de la investigación”, se nos dice que Lutero desarrolló esta idea [la de profesión] a lo largo de la primera década de su actividad reformatoria. En primer lugar, que el puritanismo concibe que todas las profesiones lícitas valen realmente lo mismo ante Dios. Así mismo, cabe asegurar que a “Lutero no se le puede considerar internamente relacionado son el <<espíritu capitalista>>” -pág.123-, pues Lutero rechazaría cualquier mentalidad cercana a la propuesta por Franklin (a quien teníamos como ejemplo de individuo con “espíritu capitalista”). Ante todo, nos dice Lutero, hay que considerar reprobable el afán de lucro material que sobrepase las propias necesidades. Así mismo, es de destacar la concepción de profesión como predestinación que nos llega por parte de Dios: “la profesión concreta de cada individuo se convirtió en un mandato de Dios al individuo” -pág.127-.

 

Como podemos comprobar, la primera parte de este libro no nos ayuda a definir estrictamente el concepto de “espíritu capitalista” y, mucho menos, nos ayuda a asociar el surgimiento del capitalismo con la ética protestante. Tendremos que, para ello, analizar la segunda parte: “La idea de profesión en el protestantismo ascético”.

 

Así, en el primer capítulo de la segunda parte, “Los fundamentos religiosos del ascetismo intramundano”, se nos amplia los preceptos del protestantismo. Lo cierto es que este primer capítulo, más bien, puede ser considerado como un texto teológico. Para poder comprender perfectamente a lo que nos referimos con “espíritu capitalista”, tendremos que acceder a la lectura del segundo capítulo de esta segunda parte. Así, pues, en esta recensión, daremos un barrido rápido de este primer capítulo, pues lo que nos interesa es el aspecto económico del libro.

En el primer capítulo, se nos comienza acercando la idea de que en los países más cultos y desarrollados, que poseen un punto de vista capitalista, como los Países Bajos, Inglaterra o Francia, la fe que más se expandió fue la calvinista; siendo su dogma más característico la doctrina de la predestinación (que mucho tendrá que ver con el “espíritu capitalista”). En este sentido, debemos considerar que: “los designios de Dios son inalterables, la gracia de Dios no puede ser perdida por aquellos a los que él se la da, de la misma manera que no puede ser alcanzable por aquellos a quienes él se la niega” -pág.151-. Esta es la esencia de la doctrina de la predestinación puritana. Por todo ello, debemos considerar que el trabajo social para los puritanos, que siguen la lógica del ascetismo, es solamente un trabajo “en mayor gloria de Dios”. Este mismo carácter y lógica es la que posee el trabajo profesional, es decir, la ética calvinista -y la ética de la Reforma, en general- posee un carácter plenamente utilitario y ascético, derivado de la doctrina de la predestinación. Una pregunta que nos puede surgir y que el mismo Weber plantea es: ¿Soy yo un elegido [de Dios]? -pág.161-. La respuesta debe ser: “conformarnos con el conocimiento de la decisión de Dios y con la confianza firme en Cristo, producida por la verdadera fe”. Así mismo, se recomienda, como medio para conseguir esa certeza, “un trabajo profesional infatigable” -pág.164- y, pues, el trabajo “profano” sirva para esta función. Todo está relacionado.

 

Por su parte, el Dios del calvinismo, “exige de los suyos y produce en ellos no <<buenas obras>> sino una vida santa, es decir, una santificación por las obras elevadas a <<sistema>>” -pág.172-. Por todo ello, la premisa fundamental a la hora de desempeñar un trabajo profano es que debían perseguir sus ideales ascéticos dentro, pues, de la vida profesional profana (no debían escapar de ello), deben mantenerlos por “sistema”. Así, pues, el calvinismo, a diferencia del luteranismo, exige una profunda cristianización de la vida entera, en todas sus facetas y ámbitos.

 

Así mismo, el “pietismo” tuvo por idea base la doctrina de la predestinación. Sin embrago, el pietismo, a diferencia del calvinismo, la intensidad de la racionalización de la vida tenía que ser forzosamente menor.

 

Por todo ello, podemos resumir este primer capítulo afirmando que el estilo de vida ascético significaba, asimismo, una organización racional de toda la vida, “a modo de sistema”, y que ésta estaba plenamente guiada por Dios. De este modo, nuestra vida profana, y más, nuestro trabajo profesional profano, debía, así mismo, estar guiado por esta racionalizad que tanto agrada a Dios.

 

Pasamos ahora a analizar, si cabe, el capítulo último y neurálgico de la obra. En él se explicará el tipo ideal que llevamos mencionando a lo largo de toda la obra pero que, hasta ahora, no supimos definir con concreción, el “espíritu capitalista”.

 

Así, el segundo capítulo, “Ascetismo y capitalismo”, comienza explicándonos que “la riqueza como tal es un grave peligro, sus tentaciones son incesantes, aspirar a ella no sólo no tiene sentido para Dios (…) sino que además es moralmente peligroso” -pág.234-. Así, pues, el ascetismo puritano parece dirigido en contra cualquier aspiración a conseguir bienes temporales.  Lo realmente reprobable es, desde este punto de vista, recrearse en la riqueza, disfrutar de la riqueza con sus consecuencias de ocio. Así mismo, siendo congruente, debe considerarse el trabajo como “un fin en sí mismo de la vida, prescrito por Dios”. Así, como nos dice San Pablo: “quien no trabaje, que no coma” -pág.240-, es más, “La providencia de Dios tiene preparada, para todos sin excepción, una profesión que cada uno tiene que conocer y en la que tiene que trabajar” -pág.241-.Así, lo que exige Dios, no solo es un trabajo “en sí mismo”, sino que, además, “un trabajo racional”. Bajo este punto de vista, debemos considerar que la riqueza, la acumulación de capital -el ahorro-, sólo es peligrosa como tentación para la pereza y para el goce pecaminoso de la vida. Es más “querer ser pobre, sería los mismo que querer estar enfermo” -pág.247-, la mendicidad es un pecado. “El ascetismo odia oor igual tanto la elegante despreocupación del señor como la ostentación del nuevo rico”-pág.248-. La riqueza, en sí misma, por tanto, no es mala; es más, “el hombre sólo es administrador de los bienes que le han sido concedidos por la gracia de Dios” -pág.260-. El hombre debe ser, pues, “una máquina de ganar” -pág.261-. Lo reprobable sería el uso de esas ganancias para el disfrute y para el consumo (más allá de la necesidad para sobrevivir). Debemos liberarnos, por tanto, del afán de lucro, no del afán de aumentar nuestras riquezas.

 

Bajo este pensamiento nació el “espíritu capitalista” que no es más que la “ética del trabajo específicamente burguesa” que, además, los burgueses, por todo esto, poseían la conciencia de estar en plena gracia de Dios y, es más, afirmaban estar visiblemente bendecido por Él.

 

Bajo mi punto de vista, este es un libro de imprescindible lectura. No solo para un estudiante de Ciencia Política sino que para cualquier persona que quiera aumentar su bagaje cultural. Es un libro que mantiene el ánimo despierto del lector desde su inicio hasta su fin (a pesar de tratar temas técnicos y conceptos de difícil comprensión), además, de ser de lectura rápida. Lo recomendaría, por tanto, sin pensarlo. Es más, lo considero de lectura obligatoria. En un primer momento parecía complicado, si cabe un tanto descabellado, asociar religión y capitalismo pero Max Weber lo consigue, y a la perfección. Lo considero uno de los grandes estudiosos de la Historia cuyas obras no dejan indiferente a nadie. Al principio era contrario a la lectura de ningún libro de Max Weber -pues parecía un autor demasiado inaccesible- pero creo que lo he prejuiciado erróneamente. Ahora considero que es un autor fundamental.

 

 

 

 

[1] Información extraída del estudio preliminar de la edición que manejo, a cargo de Joaquín Abellán.

[2] Información extraída del manual de Sociología de Anthony Giddens.

[3] Así era como Max Weber describía la burocracia, es decir, referenciaba a la organización de la vida social y económica en función de principios de eficiencia y apoyándose en conocimientos técnicos.

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