• RECENSIÓN ESCRITA POR Hugo Pereira Chamorro. Estudiante de Ciencia Política en la USC.

El texto que me dispongo a comentar fue escrito por los politólogos Gabriel A. Almond y Sidney Verba, siendo extraído de su libro La Cultura Cívica, publicado en el año 1965.

Almond y Verba comienzan dándonos unas nociones sobre cultura política, así, en “Un enfoque sobre la cultura política” nos acercan la idea de que “no podemos estar seguros que las naciones del continente europeo lleguen a descubrir una forma estable de proceso democrático que se acomode (…) a su cultura particular”; en este sentido, consideran que, con la llegada del fascismo y el comunismo a Europa, la contingencia de la pervivencia de la democracia es un hecho.

Así mismo, Almond y Verba, nos afirman que “el problema central de la ciencia política consiste en saber cuál será el contenido de esta nueva cultura mundial”, pues, el progreso del conocimiento y el control de la propia naturaleza -que tuvo su germen en Occidente hace cuatro siglos- posee un ritmo muy acelerado que está transformando el orden mundial. La ingeniería y la organización social se ocupan, igualmente, de la aplicación de la racionalidad, sin embargo, según Almond y Verba, la primera la aplica a las cosas materiales y la segunda a los seres humanos y grupos sociales. Desde esta perspectiva podemos considerar que en todas las naciones jóvenes, los individuos que conforman esa sociedad se consideran políticamente importantes y miembros activos del sistema político. Así mismo, podemos considerar que las nuevas naciones podrán optar por dos modelos diferentes de Estado [moderno]: el totalitario y el democrático. El modelo que el joven Estado elija, será determinante para las relaciones que éste establezca con sus ciudadanos: en el primer caso, el individuo jugará el papel de “súbdito participante” mientras que en el segundo de “ciudadano influyente”. De este modo, hemos de igualmente considerar que si el Estado elige la democracia como modelo debe, además de desarrollar las instituciones formales propias de una democracia (el sufragio universal, los partidos políticos y la legislatura efectiva) -que también se encuentran en el modelo totalitario aunque en un sentido formal, ya que no funcional-, agregar a la nación una cultura política congruente con este sistema político.

La “cultura cívica” es el siguiente aspecto que tratan Almond y Verba. Podemos considerar la cultura cívica como una mezcla de modernización y tradición, no se trata, pues, de una cultura moderna sino de una ambivalencia entre lo pasado y lo moderno. Herring -politólogo- afirma que la ciencia y la democracia surgieron de la mano en la cultura humanística de Occidente. Sin embargo, mientras que la ciencia sigue un camino recto y avanza a pasos agigantados, la cultura democrática es lenta. En Inglaterra, el surgimiento de la cultura cívica puede ser considerado por el choque -no muy fuerte, tal que pudiera causar la desintegración del sistema- entre modernización y tradicionalismo. Esto se plasmó en dos procesos importantísimos: primeramente lo fue la secularización -la separación de la Iglesia de Roma y la tolerancia por parte de diversos “credos religiosos”- y en segundo lugar, otro aspecto importantísimo, fue la aparición de una clase comerciante próspera -consciente de su poder- en la que participase, incluso, la nobleza y la monarquía. Así, a raíz de la participación de las fuerzas aristocráticas y monárquicas con las tendencias secularizadoras surgió una tercera cultura, ni tradicional ni moderna pero que participaba de ambas, una cultura de consenso y diversidad, una cultura que permitía el cambio y también lo moderaba. Había nacido, pues, la cultura cívica. Podemos, así mismo, considerar que la cultura cívica y el sistema político democrático son los dones del mundo occidental pero, sin embargo, la tecnología y la ciencia han dejado de ser patrimonio único de Occidente, ya por todas partes se está expandiendo el espíritu de la Revolución Industrial.

La siguiente pregunta que se plantean Almond y Verba es: ¿Qué es la democracia y como sobrevive?1. Nos dicen que se afirma que el sistema democrático se basa en la participación influyente de la población adulta “como un todo” y que, además, el individuo debe utilizar el poder que se le otorga de un modo inteligente para no alterar el sistema político. Así, los teóricos de la democracia (desde Aristóteles hasta los actuales) han insistido en que las democracias se mantienen gracias a la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos, así como, a la existencia de una elevada información sobre estos mismos asuntos dentro de la sociedad y gracias a la pervivencia de un sentido de responsabilidad cívica entre los miembros conformantes de dicha nación. En esta misma línea versan los estudios de Lipset -sociólogo- quien aseguró una correlación entre la modernización y la pervivencia de una democracia estable. Harold Lasswell, por su parte, ha estudiado las características de una persona que se define demócrata (un ego abierto, una aptitud para compartir valores comunes, orientación plurivalorizada, fe y confianza en los demás hombres y relativa ausencia de ansiedad); sin embargo, vemos en este estudio una falta de actitudes y sentimientos “específicamente políticos”.

La siguiente parte del texto que nos atañe es la tipología de la cultura política. Primeramente, debemos extraer la definición que Almond y Verba nos dan sobre cultura política: “el término cultura política se refiere a orientaciones específicamente políticas, posturas relativas al sistema político y sus diferentes elementos, así como actitudes relacionadas con la función de uno mismo dentro de dicho sistema (…) es un conjunto de orientaciones relacionadas con un sistema especial de objetos y procesos sociales”. Así, pues, la cultura política de una nación consiste en la particular distribución entre sus miembros de las pautas de orientación hacia los objetos políticos. Las preguntas que nos caben son: ¿Cuáles son las orientaciones hacia los objetos políticos? y ¿Cuáles son los objetos políticos? Almond y Verba se suman a la clasificación de orientaciones políticas que introdujo en su momento Talcott Parsons, tenemos: orientaciones cognitivas -conocimientos y creencias acerca del sistema político y de sus aspectos políticos (inputs) y administrativos (outputs)-; orientaciones afectivas -sentimientos acerca del sistema político- y orientaciones evaluativas -juicios y opiniones sobre los objetos políticos-. En cuanto a los objetos que componen el sistema político, Almond y Verba se sienten muy influenciados por la teoría sistémica de David Easton, así introducen como objetos políticos: el sistema como objeto general, los objetos políticos -inputs- (es decir, la corriente de demandas que va de la sociedad al sistema político y la conversión de dichas demandas en principios de autoridad), los objetos administrativos -outputs- (es decir, procesos administrativos mediante los cuales son aplicados los principios de autoridad del gobierno las estructuras que predominan en este proceso son las burocracias y los tribunales de justicia) y la percepción de uno mismo como participante activo (el self).

La siguiente pregunta es: ¿Cuáles son los tipos de cultura política? Almond y Verba nos comienzan introduciendo una serie de culturas políticas -puras- bajo la advertencia de que (a excepción de las que son sencillamente parroquiales) no podemos encontrarlas per sé en la realidad, sino que todas ellas aparecen conjugadas entre sí, con subculturas en su interior. Así tenemos: la cultura política parroquial es aquella en la que las orientaciones hacia los objetos políticos se acercan a cero; ejemplos de ella son: las sociedades tribales africanas y las comunidades locales autónomas. El individuo en este tipo de cultura no espera nada del sistema político. Así mismo, en estas sociedades una misma persona engloba muchos roles distintos, no hay, pues, roles políticos especializados. Así mismo, los habitantes de las ciudades y pueblos bajo este tipo de cultura no tienen conciencia de los gobernadores centrales. En la cultura política de

1 Esta pregunta que formulo no está explicitada en el texto que comento, sino que es de cosecha propia para una mejor estructuración formal y textual de este trabajo.

súbdito sí que existen orientaciones de los individuos hacia el sistema como objeto general, hacia los objetos administrativos pero, sin embargo, las orientaciones respecto a los inputs y al self tienden a cero. El súbdito, por tanto, tiene conciencia de la existencia de una autoridad que lo gobierna pero la relación individuo-sistema se da mediante una relación pasiva. En la cultura política de participación los miembros de la sociedad tienden a estar explícitamente orientados hacia el sistema “como un todo” y hacia sus estructuras y procesos políticos -inputs- y administrativos -outputs-. Así mismo, los individuos tienden a orientarse hacia un rol activo en la política (aunque, como es obvio, sus sentimientos hacia el sistema pueden ir desde el rechazo hacia la aceptación).

Como he comentado, ninguna cultura política se encuentra de forma pura y objetiva en la realidad. Incluso los sistemas políticos con una cultura predominantemente de participación podrán incluir vestigios de cultura de tipo parroquial o de súbdito. Sea como fuere, no podemos obviar los conceptos de congruencia e incongruencia, pues las culturas políticas pueden ser congruentes o no con el sistema político que las alberga. Una cultura política será congruente si es apropiada para la cultura, es decir, una cultura de súbdito o participante será más congruente con un sistema político tradicional y una cultura de participante con un sistema democrático.

En la realidad, como ya hemos reiterado, podemos encontrar culturas políticas mixtas, es decir, que combinan diversos rasgos de diversas culturas políticas. Así tenemos, la cultura parroquial de súbdito en la que una parte de la población ha rechazado las pretensiones de mando exclusiva de una autoridad difusa (tribal, rural o feudal) y ha desarrollado lealtad hacia un sistema político más complejo (es decir, con estructuras de gobierno centrales y especializadas -no difusas-). Tenemos por ejemplo el nacimiento de los reinos clásicos a partir de unidades sociales indiferenciadas y con autoridades difusas (ejemplo: reinos africanos e, incluso, el Imperio Turco). Por otro lado tenemos la cultura de súbdito participante en la que una parte sustancial de la población adquirió orientaciones hacia los inputs del sistema mientras que el resto de la población está sumida en orientaciones hacia una estructura gubernamental autoritaria. Así, debido a que solo una parte de la población funciona bajo orientaciones de participación (mientras que la otra continúa doblegada en un autoritarismo extremo) ésta solo podrá permanecer como aspirante a la democracia. Tenemos como ejemplo a Inglaterra, que, gracias al desarrollo de una cultura se súbdito participante, sus estructuras culturales y sus ciudadanos se pudieron relacionar con su propio gobierno, hacia los inputs. Por su parte, la cultura parroquial participante se encuentra fundamentalmente en las naciones incipientes, en donde la cultura política predominante es la parroquial pero las normas estructurales que se introducen en el mismo suelen ser de participación; para que haya congruencia, por tanto, nos dicen Almond y Verba, deben desarrollar una política de participación combinada con ciertos aspectos de la parroquial. Como norma general, estos sistemas políticos se balancean constantemente entre el autoritarismo y la democracia.

De todo esto surge el concepto de cultura y subcultura que ya introduje más arriba. Así, trayendo a colación las palabras de Ralph Linton (antropólogo) podemos considerar que subcultura hace referencia a los elementos componentes de las culturas políticas. El ejemplo más paradigmático de subcultura política se puede encontrar en Francia, en donde, tras la Revolución Francesa, la población se movió entre estas dos subculturas: la de participación y otra dominada por orientaciones parroquiales y de súbdito.

Almond y Verba, a continuación, nos vuelven a profundizar en la cultura cívica, una cultura que califican como mixta. En primer lugar, hemos de considerar la cultura cívica como una cultura leal de participación, es decir, una cultura política de participación en la que cultura y estructura política -sistema político- son congruentes. Así mismo, no debemos obviar que la cultura cívica combina las orientaciones políticas de participación

con la de súbdito y las parroquiales, sin que ninguna de ellas ocupe el lugar de las otras. Por tanto, los individuos se convierten en participantes del proceso político, pero sin abandonar sus orientaciones de súbdito y parroquiales. Además, nos dicen Almond y Verba, no solo mantienen las orientaciones al mismo tiempo sino que las orientaciones parroquiales y de súbdito son congruentes con las de participación. Podemos concluir diciendo que: las orientaciones parroquiales y de súbdito, en cierto sentido, mantienen en su lugar las orientaciones políticas de participación, conduciéndonos, por tanto, a una cultura política equilibrada en la que la actividad política, la implicación y la racionalidad existen pero compensadas por la pasividad, el tradicionalismo y, en fin, la entrega de la sociedad a los valores parroquiales.

En el siguiente apartado, Almond y Verba, nos dicen que “micropolítica”, extrayendo la definición de Rokkan y Campbell, se refiere al estudio del individuo, sus actitudes y motivaciones políticas. Por su parte, “macropolítica” hace referencia al estudio más tradicional que se interesa por los asuntos políticos, por los sistemas políticos, por las instituciones y sus efectos sobre la acción política pública. Así mismo, debemos considerar que el nexo entre micro y macro política es la propia cultura política.

Con los conceptos de subcultura política y cultura de rol, podremos llegar a localizar actitudes e inclinaciones especiales hacia una conducta política en determinados sectores de la población, así como, en roles particulares, estructuras o subsistemas del propio sistema político.

Otra de las ideas de importancia que exponen Almond y Verba es que los objetos políticos pueden ser reducidos a sus elementos componentes. Así, el sistema político en general podría ser reducido al concepto de “nación” y “sistema político”. Los inputs a “medios de comunicación”, “grupos de intereses”, “partidos políticos”, “poderes legislativos y ejecutivos”. Los outputs a “ejército”, “policía”, “autoridades fiscales”, “autoridades de educación” y otras muchas de igual talante.

El estudio que Almond y Verba llevan a cabo en el libro del cual está extraído el texto que comento, comprende estos países: Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia y México. La inclusión de estos países no es arbitraria. Cada uno de ellos representa un aspecto que se desea estudiar. Así, por ejemplo, se incluyen Italia y México como ejemplos de sociedades menos desarrolladas, con un sistema político de transición, y que poseen una estructura social y política premoderna. Sin embargo, podemos decir que México tiene en común con muchas naciones avanzadas que posee un elevado índice de industrialización y urbanización, así como un aumento en el nivel educativo y regresión del analfabetismo. México es, para concluir, el país menos moderno de estos cinco países: todavía posee una población ampliamente campesina con una orientación tradicional y un elevado índice de analfabetismo.

Como es de esperar, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra son ejemplos de países modernos con una ciudadanía igualmente, pues, moderna, avanzada.

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