La recensión que me dispongo a escribir versa sobre el texto “Ensayo sobre los privilegios” (1789) cuya autoría corresponde al eclesiástico, político y gran vicario de Chartres, Enmanuel Joseph Sieyes (nacido el Fréjus en 1748 y muerto en París en 1836). Su nombre, completamente desconocido entre las altas esferas de la sociedad francesa hasta el estallido de la Revolución Burguesa -1789- en ese país, es catalogado en la actualidad de entre los más altos exponentes de intelectuales de dicha revolución. En efecto, el abate había escrito cientos de páginas en donde, incluso, formulaba la propuesta de un sistema político enteramente nuevo y aplicable para el devenir de un nuevo orden social. A pesar de ello, ninguna línea fue publicada hasta 1788[1]. Por su parte, el estallido de la Revolución Francesa no se hizo esperar, el enfrentamiento entre los estados y el rey llegó a un punto de no retorno[2] y fue la disolución del Parlamento de París la gota que colmó el vaso. Desde ese momento un ingente número de protestas, motines y presiones hacia el rey imposibilitaron la negativa de éste a convocar los Estados generales, que fueron finalmente citados para el 1 de mayo de 1789. Con este contexto, Sieyes no tardaría en convertirse en una de las figuras más importantes que, con su gran intelectualidad, asentaría las bases teóricas de la República Francesa que estaba al caer. Así, durante el verano de 1788, no descansaría en la escrita de los tres textos que le reportarán el renombre y la inmortalidad de por vida. El primer texto que saldría de su “puño y letra” fue Ideas sobre los medios de actuación de que podrán disponer los diputados de Francia en 1789 -texto que mantendrá en el anonimato hasta transcurridos unos meses- en el que expondrá muchas de las ideas de su pensamiento político. A continuación, redactó Ensayo sobre los privilegios -texto que analizaré a continuación-un opúsculo en donde la critica, mediante una ardua denuncia, a los privilegiados y al sistema que los sustenta. Por último, Sieyes encantará a toda la opinión pública con su texto ¿Qué es el tercer estado? en el que profundizará y sintetizará las ideas y argumentos que desarrolló en sus dos primeras obras. Para concluir, he de comentar que tal fue la popularidad que alcanzó Sieyes que fue elegido representante del tercer estado -y no del clero, como sería de suponer-. Será el propio Sieyes quien califique al tercer estado como “una nación completa” cuyo motor será el “común interés de desarrollar libremente su trabajo e incrementar sus propiedades bajo la protección del Estado”.

 

Por su parte, en el texto Ensayo sobre los privilegios, que fue publicado anónimamente en noviembre de 1788, apela a un Estado de derecho -en donde la ley esté por encima de todos- y carga contra cualquier fundamentación teórica que sea partidaria de la existencia de privilegios. Lo que le ha proporcionado tanta celebridad a esta obra no es otra razón que la facilidad y contundencia con la que Sieyes desmorona todas las bases del ideario aristocrático, basado en los privilegios, en su afán de diferencia con respecto al tercer estado y, en fin, en la hipocresía con la que este estamento construye su experiencia vital.

 

En cuanto a la estructura de este texto, es importante destacar su brevedad. No está estructurado ni en capítulos ni en ningún otro tipo de división. Es de destacar, sin embargo, que al final del texto, Sieyes, adjunta un Extracto del proceso verbal de la nobleza en los Estados generales de 1614, siendo ésta la única ruptura perceptible en la unidad del texto. Así mismo, he de comentar que, en esta obra, una gran importancia -por su capacidad aclaratoria y aportadora de información- la lleva el aparato crítico. En las anotaciones a pie de página, Sieyes, nos profundiza muchos de los argumentos que expone en el texto, aporta una mayor información para comprender aquello que él escribe e, incluso, cuestiona y reflexiona sobre las ideas que expone.

 

Sin embargo, a pesar de ser un texto sin divisiones y con una monotonía textual aparente, el discurso está increíblemente bien estructurado y las ideas perfectamente ordenadas. Así, el objetivo principal de la obra -deconstruir el imaginario aristocrático- es llevado a cabo con éxito. Sus argumentaciones son claras y están avaladas en muchas ocasiones por múltiples ejemplos -sacados de su época contemporánea- adquiriendo, por ello, la obra, una potente actualidad y es, irremediablemente, convertida en un espejo de la realidad social y política de la época.

 

En cuanto a su forma de escribir, es más que notorio la gran dureza de Sieyes. Lo cierto es que es una obra de difícil comprensión, con una retórica muy pedante y un vocabulario muy culto que demuestra el gran bagaje cultural del autor. Líneas de muy difícil comprensión (que debes leer varias veces y meditar sobre lo que Sieyes nos quiere decir con ellas) se inmiscuyen con otras líneas de comprensión más fácil que amenizan la obra. Sea como fuere, la actitud crítica de la obra y “el llamar a las cosas por su nombre” es un hecho presente a lo largo de toda ella. Sieyes no se calla nada, su crítica es, en muchas ocasiones, muy deconstructiva y directa con la sociedad de los estados de su presente (y más concretamente con el estado privilegiado), no es partidario, pues, del uso de eufemismos, sino que hace una ferviente crítica en donde “no se salva ni el apuntador”[3]. Las preguntas retóricas que Sieyes introduce también son muy destacables -las introduce en muchas ocasiones-, con ellas nos obliga a reflexionar sobre las ideas que nos quiere transmitir.

 

 

En cuanto al contenido del texto, ya desde las primeras páginas el autor deja clara su posición ante los privilegios: “constituyen una desafortunada invención” -pág. 109-. Deja claro que, en una sociedad feliz y bien construida, no hay cabida para los privilegios pues tienen como objetivo “dispensar de la ley u otorgar derecho exclusivo sobre algo que no está prohibido por aquélla”. Así mismo, considera que la ley tiene como objeto salvaguardar la libertad y la propiedad de todos y no deben, bajo ningún concepto, “perjudicar al prójimo” -pág.110-. Aquellas leyes que, aun no siendo malas, no están diseñadas para “impedir que se dañe a otro”, deben ser consideradas de injustas.

 

El motivo por el que el pueblo no reconoce sus derechos ni se considera dueño de revocar las leyes injustas es, según Sieyes, causa de “tan larga servidumbre”. En contra del iusracionalismo[4], Sieyes propone la vuelta a la “ley natural” y afirma que “el pueblo parece ignorar que la libertad y la propiedad son anteriores a todo; que los hombres, al asociarse, no han tenido otro objetivo que poner sus derechos al abrigo de los malvados” -pág.111-. Considera, así mismo, que cada individuo social posee unos derechos inalienables -fundamentando el corpus teórico del liberalismo, ideología que promoverá las revoluciones burguesas y, en concreto, la Revolución Francesa-. En este sentido, los privilegios implican que se han de menoscabar los derechos de otros pues, todo lo que no está regulado por la ley, dice Sieyes, es de dominio público. Conceder un privilegio sobre lo que es de todos, implicaría perjudicar a otros siendo, además, una “gran injusticia”.

 

Sieyes nos dice que los “privilegios honoríficos”[5] tienden a despreciar a la mayoría de los ciudadanos. Este tipo de privilegios se les han de conceder a los que hayan prestado un “gran servicio a la patria” pero, bajo ningún concepto, debemos menoscabar, despreciar, a toda la nación con respecto a un miembro suyo. Dice Sieyes que: “es preciso no recompensar a uno a expensas de todos los demás” y que “no confundamos en modo alguno los privilegios y las recompensas” -pág.114-. Así mismo, nos dice que, si tenemos que recompensar a una persona por su labor, existen salarios ordinarios y otras gratificaciones -no hace falta acudir a privilegios-. Además, es en el pueblo en donde debe hallarse “el sagrado depósito del público reconocimiento”[6], es más, debe ser plausible el intercambio de homenajes entre el pueblo y los “grandes hombres” que son sobradamente recompensados “con el sencillo tributo del público reconocimiento” -pág.115-. Así, pues, este intercambio debe ser puro, natural y libre; en una sociedad sumida en la esclavitud, que no es libre, solo hay cabida para “falsos honores públicos”. En este caso, “el genio será perseguido y la virtud ridiculizada” -pág.116-, en fin, “los honores sepultarán al auténtico honor”[7].

 

 

Por su parte, considera Sieyes, que para un privilegiado la idea de patria está “restringida” y cualquiera que se convierta en privilegiado desarrollará un interés por sobresalir “a cualquier precio” -pág.119- y “un deseo insaciable de dominación”. Así, pues, cualquier persona a la que se le otorgue o posea un privilegio rápidamente olvidará al pueblo, “del que era miembro”, que pasará [el pueblo] a estar constituidos por “don nadies”. En resumen, los privilegiados “se consideran una especie diferente de hombres” -pág.119-. Sieyes también diferencia los privilegiados que poseen un origen de los que poseen un nacimiento. Los privilegiados con origen son aquellos que recibieron los privilegios por herencia, mientras que los que poseen un nacimiento son aquellos que se convierten en privilegiados a raíz de que el príncipe le otorgue una firma o un título. Por ello, los burgueses, a diferencia de los buenos privilegiados, “atentan al innoble presente y al indiferente porvenir”.

 

Según Sieyes, los privilegiados conciben únicamente una sociedad que está organizada en: grandes señores, presentados –“gentes de calidad”-, presentados desconocidos, gentilhombres provincianos, ennoblecidos poco antiguos y el resto de ciudadanos. Así mismo considera que un buen privilegiado: “se complace en sí mismo al propio tiempo que desprecia a los demás” -pág.123-. En cuanto a los privilegiados de Francia, considera Sieyes, no son corteses porque respeten a los demás sino porque “no quieren ser confundidos con malas compañías” ni que “el receptor lo consideren un no privilegiado” -Sieyes trae a colación la hipocresía de los privilegiados-.

 

Un aspecto muy importante de esta obra es que diferencia a los privilegiados de los gobernantes. El abate considera que los gobernantes son necesarios y que “no enorgullecen a unos humillando a los otros”, por tanto, constituyen “una superioridad de funciones y no de personas” -pág.125-. Una buena sociedad solo precisa de ciudadanos trabajando y viviendo bajo el amparo de la ley y sólo una única autoridad encargada de vigilar y proteger los intereses de todos. Así, “el que dispone de grandes posesiones no es más que aquel que sólo posee su salario cotidiano” -pág.127-.

 

Por su parte, también diferencia a los privilegiados hereditarios de los privilegiados de adquisición individual. Los privilegiados hereditarios constituyen el mal peor y más absurdo pues no han hecho nada para merecerse ese privilegio más que nacer. Los privilegiados de adquisición individual pudieron haber hecho algo para merecerse el privilegio. Igualmente denuncia Sieyes que son los privilegiados quienes ocupan trabajos de funcionarios “de la cosa pública” y que éstos “si hablan con los jefes de gobierno se presentan como los apoyos del trono y sus defensores naturales contra el pueblo” -pág.127-.

 

Considera Sieyes, también, que las relaciones entre los ciudadanos deben ser libres, no debe haber subordinación sino un mero y continuo intercambio. Así, pues, en una sociedad debe haber gobernantes y gobernados, lo verdaderamente dañino es la jerarquía que existe entre los gobernados -entre los iguales socialmente-, fruto de las costumbres feudales.

 

Otra de las ideas que nos aporta Sieyes en este texto es la afirmación de que el dinero y el honor son los dos “grandes móviles” de la sociedad. Sin embargo, ambos bastiones se deforman en la clase privilegiada. El honor en la clase privilegiada está asegurado por herencia, mientras que en el resto de los ciudadanos el honor es meritorio. En lo que respecta al dinero, los privilegiados, para mantener el “prejuicio de su superioridad” -pág.131-, requieren una gran cantidad de él  que es obtenido por medio de la intriga y la mendicidad. La intriga, dice Sieyes, pondrá su foco en la Iglesia, la toga y la espada; y que, gracias a estas instituciones, podrán los privilegiados “asegurarse unos dignos posibles” -pág.132- contando siempre con la ayuda de la inepcia o traición de algunos funcionarios al Estado. La mendicidad, por su parte, se ejerce sobre todo en la corte, “donde los más poderosos obtienen de ella el máximo partido” -pág.133-. En la corte es donde se despierta el deseo de los privilegiados por vivir a expensas del erario. Así, un privilegiado incapaz de “mantener su nombre y rango” es una vergüenza para la nación, de ahí la atribución del adjetivo “pobre” al privilegiado. Por este absurdo motivo, dice Sieyes, se justifica el gasto público para rescatar el patrimonio de un “pobre privilegiado”, recordando que la propia Administración pública está compuesta por privilegiados que velarán por los intereses de otros privilegiados.

 

Sieyes, así mismo, hace hincapié en una gran contradicción: mientras que el Estado intenta rebajar los ingentes bienes con los que cuenta la Iglesia, por otro lado se los trata de entregar a la clase de los privilegiados –“que no desempeñan función alguna” -pág.135-.

 

Otra de las reflexiones más bonitas que expone Sieyes en este texto es: “la verdadera indigencia de los ciudadanos comunes se sacrifica en aras de la vanidad de los privilegiados” -pág.136-. Así, pues, la mendicidad del pueblo se manifiesta mayoritariamente cuando el Estado se corrompe, mientras que la mendicidad de los privilegiados se manifiesta cuando éste mejora.

 

Otros de los medios que poseen los privilegiados para obtener riquezas son, a palabras de Sieyes, “las malas alianzas matrimoniales” -pág.137-. Cuando alguien del común se hace con una gran fortuna, ésta comienza a ser codiciado por los privilegiados, dando lugar, pues, a las alianzas matrimoniales que en absoluto se sustentan en el amor.

 

Concluye Sieyes diciendo que “el prejuicio que sostiene el privilegiado es el más funesto de cuantos han afligido la tierra” pero que, al tiempo, “hay innumerables interesados en defenderlo” -pág.138-.

 

El Ensayo sobre los privilegios termina introduciendo un hilarante extracto del proceso verbal de la nobleza en los Estados generales de 1614. En él se puede apreciar la auténtica e ingenua creencia de los privilegiados de ser una clase superior. Así, a vistas actuales, palabras como: “el nacimiento ha otorgado a este orden [el privilegiado] la abismal diferencia que lo distingue del resto del pueblo, con el que nunca ha podido tolerar ninguna suerte de comparación” -pág.139-, nos pueden sorprender profundamente pero, sin duda, es reflejo de la injusta concepción social del momento.

 

Como hemos comprobado, y para concluir, se trata de una obra con un contenido muy interesante y en la que pone las bases del Estado -con mayúscula-, es decir, las bases de una sociedad igualitaria ante la ley, articulada bajo una Ley Fundamental -la Constitución-, sin la cabida de una clase privilegiada (la ley está por encima de todos y todos tienen los mismos derechos y deberes) y sin una cabeza que personalice el Estado. Se trata, pues, de una obra muy revolucionaria en su tiempo que pone las bases de un entero nuevo orden social y político. Lo cierto es que no se le ha dado la celebridad que Sieyes merece y observo con estupor y pena que cuando muchas personas hablan de la Revolución Francesa y de su marco teórico omiten a la fiel e importante figura de Sieyes. En mi opinión, a pesar de ser una obra con un vocabulario muy extenso -tuve que buscar muchas palabras en el diccionario- y una retórica muy formal y culta, es esta una lectura muy amena y muy interesante. Recomiendo su lectura a cualquier persona que posea un poco de interés sobre las Revoluciones Burguesas y, sobre todo, es imperativo que cualquier estudiante de Ciencia Política lea esta obra. Es, así mismo, intachable su actualidad. Sería impensable afirmar que siglos después de la escrita de este texto no existen privilegios. Es notorio que no existe una clase privilegiada como tal en la actualidad pero, sin embargo, los privilegios aún se mueven en la sombra. No son explícitos pero están implícitos en muchas personas. Los grandes empresarios, los políticos y, en resumen, las altas esferas de la sociedad se mueven por cánones de comportamiento y valores distintos a los del “común”. Así mismo, la justicia no es igual para todos, quizás las leyes sí pero quien las imparten no son ecuánimes. Así, siguiendo “La ley de hierro de la oligarquía”[8], que dice que tanto las democracias como los sistemas autoritarios tienden a ser gobernados por una minoría privilegiada -la oligarquía-, considero que, en la actualidad, aún seguimos gobernados por unos privilegiados. Refiriéndome tanto a los políticos como a los grandes empresarios -pues muchas decisiones políticas se toman en base a criterios de bienestar económico de las empresas y no en base a criterios de bienestar social-. El estado de los privilegiados sigue, actualmente, muy vivo.

[1] Información extraída del estudio preliminar que se encuentra en las primeras hojas de la edición que manejo, autoría de Ramón Máiz.

[2] Los Estados Generales, recordemos, no se habían convocado desde 1614. El rey y los privilegiados rehusaban de escuchar las peticiones y críticas del Tercer Estado.

[3] De ahí a que Sieyes decidiese mantener el anonimato durante un largo periodo de tiempo.

[4] Teoría que se fundamenta en la renuncia de los derechos naturales, adquiriendo unos derechos limitados, denominados “derechos civiles”, a través de un pacto social.

[5] Sieyes nos define “privilegios honoríficos” como: “otorgar un derecho exclusivo a lo que no se halla prohibido por la ley” (página: 112).

[6] Con estas palabras, Sieyes se refiere a que la verdadera distinción de una persona, ante un gran trabajo para la patria, debe encontrarse en el pueblo y éste debe ser libre para distinguir y honrar a los que han hecho un buen trabajo. Las distinciones no se deben materializar en privilegios.

[7] Sieyes hace referencia a que, cuando un pueblo no es libre, el falso honor eclipsará al auténtico honor, basado en la virtud y en el puro sentimiento del pueblo hacia las personas a las que éste estima por inspiración propia.

[8] Ley formulada por el sociólogo Robert Michels en su obra “Los partidos políticos”.

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