• FUENTE: https://www.eldiario.es/theguardian/bienestar-economia-desigual-parece-posible_0_907459903.html

En la mayoría de los países ricos las desigualdades aumentan, y llevan haciéndolo mucho tiempo. Aunque son muchos los que piensan que esta situación es un problema, también suele considerarse que poco se puede hacer para abordarla. El razonamiento es que, al fin y al cabo, la globalización y las nuevas tecnologías han creado una economía en la que aquellos con habilidades o talentos altamente valorados son los que obtienen las mayores recompensas.

Lo que implicaría que es inevitable que las desigualdades aumenten. Los intentos de reducir la desigualdad a través de los impuestos redistributivos tienen muchas probabilidades de fracasar porque la élite mundial puede esconder fácilmente su dinero en paraísos fiscales. En la medida en que una subida de los impuestos afecte a los ricos, disuadirá la creación de riqueza, por lo que todos acabaremos siendo más pobres.

Si algo llama la atención de este razonamiento, cualquiera que sea la motivación final, es su marcado contraste con la ortodoxia económica que existió desde cerca de 1945 hasta 1980, que sostenía que el aumento de la desigualdad no era inevitable, y que se podía reducir con diversas políticas gubernamentales. Es más, estas políticas parecieron haber tenido éxito. Entre los años cuarenta y setenta las desigualdades disminuyeron en la mayoría de los países. La actual brecha se debe en gran medida a los cambios que se han producido desde los años ochenta.

Tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, la proporción de los ingresos totales que va a parar al 1% de la población con más ingresos ha aumentado con creces entre 1980 y 2016. Si consideramos la inflación, los ingresos del 90% restante en los países anglosajones apenas han aumentado en los últimos 25 años. Es decir, hace 50 años, el presidente de una compañía en Estados Unidos ganaba en promedio unas 20 veces más que un trabajador. En la actualidad gana 354 veces más.

Lo cierto es que cualquier argumento que defienda que el aumento de las desigualdades es en gran medida inevitable en nuestra economía globalizada se enfrenta a una objeción fundamental. Desde 1980, algunos países han experimentado un gran aumento de la desigualdad —como Estados Unidos y Reino Unido—; algunos han experimentado un aumento mucho menor —Canadá, Japón, Italia—, mientras que la desigualdad se ha mantenido estable o ha disminuido en otros —Francia, Bélgica y Hungría—.

Por lo tanto, el aumento de la desigualdad no puede ser inevitable. Y el alcance de la desigualdad dentro de un país no puede estar determinado únicamente por las fuerzas económicas mundiales a largo plazo, porque, aunque la mayoría de los países más ricos han estado sujetos a fuerzas similares en términos generales, las experiencias de desigualdad han sido diferentes.

La justificación más extendida de esta creciente desigualdad es el enorme cambio en el pensamiento económico y político dominante, a favor del libre mercado, desencadenado por la victoria de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos y Reino Unido respectivamente. Es innegable que coincide con los hechos. En las economías desarrolladas, el mayor aumento de las desigualdades desde 1945 se produjo en Estados Unidos y Reino Unido a partir de 1980.

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